Burlando a la de la Guadaña
Aquilino era uno de los vecinos octogenarios del pueblo. Aquilino era vitalista. Le gustaba sentarse en el corral, allí en su silla de eneas, bajo la sombra de la parra a observar el ir y venir de avispas y abejas que no dejaban vivo ni un racimo de uvas. Nunca pudo entallecer ese arbusto por donde él se empeñaba en colocar sus guías de alambre. Quizá por eso le gustaba tanto. Porque era como él, indómito. Pero de lo que más disfrutaba era de los largos paseos por el camino del Acebuchá. Y esas entretenidas partidas de cartas o dominó, que lidiaba algunas tardes con sus colegas en La Cabra, una antigua y ruinosa tasca al lado de la carbonería.
Las tardes volaban, entre chascarrilos y discusiones, medio en broma, medio en serio. El dinero era lo de menos, unas “perrillas” sueltas, tan solo un incentivo para darle más emoción a la cosa. Aquilino se reía hasta de su propia sombra, aunque a veces se ponia más serio, más trascendental, sobre todo cuando las campanas de la iglesia tocaban a muerto. Movía la cabeza de un lado otro y en tono solemne dedicaba unas palabras de recuerdo o alguna anécdota del pasado del que marchaba. A veces solía decir que la vida era un sin sentido, que se pasaban muchas fatigas, y todo para nada. Pero casi siempre dejaba caer, aquello de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Se preguntaba, —¿quién sera el próximo? —Espero no ser yo, —decía para sus adentros.
Una tarde de verano, en la penumbra de la alcoba, en medio de la siesta, sintió como una opresión en el pecho. Se asustó un poco, pero más se sobresaltó, cuando vio que una sombra se deslizaba por delante del espejo del armario de luna. Era en apariencia un ser encapuchado. Aquilino, de pocas cosas tenía miedo en la vida, pero esta visión le inquietó y le hizo incorporarse de la cama. Restregando sus ojos y acomodando la vista fijó otra vez la mirada. No, no era imaginación suya. La sombra, o lo que creyó haber visto, se detuvo delante de él, justo a los pies de la cama, y le habló —Imagino que sabes quién soy, y a lo que vengo. —Aquilino no daba crédito. —¿Estaré soñando? ¡Seguro que es una pesadilla! He comido demasiado ligero, ¡debe ser eso! Se pellizcó y sintió una pequeña molestia, así que no, no estaba durmiendo. Aquilino se dirigió a la sombra, y él también habló. —Creo que sé quién eres. Inconfundible con esa indumentaria, aunque no acierto a ver tu rostro. Pero ni falta que me hace, se dice que eres bien fea y que aquél que contempla tu rostro, no lo cuenta—dijo cubriendose la cara con las manos. —Gracias por el cumplido, hombre —fue la respuesta. —¿Y no te parece inoportuno, presentarte así de esta manera, sin avisar, en la alcoba de uno? ¡Vamos, que no me he muerto del susto de milagro! —Vengo a llevarte conmigo. Ya has cumplido tu ciclo. La Parca ya ha decidido cortar el hilo y te toca. —Pocos miramientos para con uno Y perdona por mi atrevimiento, al hablarte así... pero ¡dame un tiempecito más, que tengo alguna cosilla pendiente, asuntillos que arreglar. —Aquellas palabras, en tono más bajo, sonaron como una súplica. —Anda, apuesto a que tú, seguro que tienes algún candidato más idóneo que yo —y recordó a su vecino Tiburcio, él que llevaba meses postrado en una cama, sufriendo. Aquella sombra espectral emitió una carcajada. —¡Me has caído bien, y llevas razón. Tómate esta visita como un pequeño aviso. Tiempo es lo que me sobra. Muchos son los que piensan que les falta tiempo cuando llego. Todos quieren tiempo para poner en orden la vida, arreglar algún asunto de ultima hora. Volveré, a tiempo, y en esta ocasión me tendrás que acompañar. ¡No me falles! —Y la siniestra figura, tal como llegó, se desvaneció.
Aquilino quedó pensativo. Esa tarde estuvo a punto de no acudir a su habitual partida de dominó, pero decidió acudir. Y cuando iba caminando calle abajo, se le ocurrió un plan. Un plan muy decidido, un plan muy imaginativo, ¡si señor!
Se acercaba el día que aquélla presencia anunció visistarle de nuevo. Aquilino, decidió vestirse de zagal. Buscó unos pantalones cortos con sus tirantes, una juvenil blusita, su mascota bien ajustada. ¡Ah!, y no olvidó guardar en la faldriquera un tirachinas que quitó al nieto a urtadillas. En la calle había unos chiquillos jugando a los bolindres. Muy animadamente se acercó con su bolsita de canicas y preguntó si podía unirse al juego. Con un ademán de aprobación, casi sin mirar, los chiquillos le acogieron y al punto estaba jugando con ellos, como uno más. Estaban entusiasmados, ensimismados en el juego, como solo los niños saben estarlo.
Tan sólo Aquilino se percató de una presencia y percibió un golpecito en el hombro. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, desde la coronilla a la punta de los pies. Creyó oir una voz que le susurró al oido —¿qué haces, chaval? —!Pues mira aquí, jugando con mis amigos!—balbuceó sin atreverse a mirar atrás. —¡Ah qué bien! Me gusta que os divirtáis. ¿Y quién te ha cortado ese flequillo, quién te ha pelado? —¡Mi papá! —dijo tímidamente, agachando la cabeza, al mismo tiempo que una mano le asestaba una colleja en la nuca —¡Así que tu papá! ¡Pues tira pa'lante danzante, que de esta no escapas!
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¡Ehhorabuena!
Bonita historia
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