Los cazadores y el sordo

chals

Una mañana temprano iban por la ladera de la sierra dos cazadores. Se oyeron unos disparos y una liebre malherida corrió hacia abajo, por los barbechos, buscando refugio. Había un labrador, sachando, quitando piedras y abriendo surcos, que vio a la liebre correr. Rápido como el rayo descargó un acertado golpe con el sacho sobre el animal. La liebre se revolcó agonizante y nuestro protagonista agilmente la metió en el zurrón y siguió con su tarea como si no hubiese ocurrido nada. A la liebre siguieron los dos cazadores, como era de esperar. Se pararon cerca de la linde y a viva voz inquirieron al labrador —paisanoooo, àpaisanoo ¿ha visto usted la liebreee?

El labrador siguió sachando, fingiendo no oír nada. —Paisanooo, eeeh— volvio a repetir uno de ellos. El labrador, levantando la cabeza, se seco el sudor de la frente con un arrugado pañuelo que sacó del bolsillo, y saludó levantando la otra mano.

—Eeeeh ¿como dice?

—¡que si ha visto usted pasar la liebre!

—No, ¡ no llueveee, ni pa Dios! . ¡mire como esta todo! ¡ seco como el esparto!

—¡Nooo buen hombre!, preguntaba si vio la liebre, le he disparado con la escopeta y creo que le dí con buen tino, la vi bajar por el barbecho!

—Pues , el año pasado sí llovió bastante y a tiempo, hubo buena cosecha, pero este año como sigamos así, no sé qué va a pasar.

—Que no hombre, que no le preguntaba por esto. Decía que si vió usted pasar la liebre, venía mal herida, y debe de andar por aquí cerca.

—Que vaaa, está el terreno duro como un cancho, la simiente aquí no agarra, como no llueva, va a ser una ruina.

Los dos cazadores, se miraron uno al otro, sacudieron la cabeza y en voz baja, murmurando, se dijeron —¡vamonos, que éste está más sordo que una tapia!

Pasado algún tiempo, acertaron a pasar por el mismo lugar los dos cazadores, esta vez venían contentos, pues habían tenido una mañana productiva. Se habían cobrado varías piezas  y vieron a nuestro labriego, afanándose y quitando algunos matojos que habían crecido alrededor de la siembra. Los dos cazadores, cómplices, se dieron un codazo y decidieron mofarse un poco de aquél buen hombre.

—Paisanoo, ¿que tal va la tierra? ¿Llueve o no llueve? ¿Se arregla el asunto o que?

El labriego levantó la cabeza, se secó el sudor con el dorso de la mano en esta ocasión y repuso —¡con arroz, con arroz la preparó mi mujer, y nos chupamos los dedos!

Indignados y con la cabeza baja, los dos cazadores salieron chasqueando y murmurando. —¡Anda con el sordo, anda con el sordo!

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