El Castillo de Irás y No Volverás

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Les llamaban los hermanos Luna porque eran idénticos el uno al otro, como la Luna y su reflejo especular en el agua en una noche clara. Nacieron gemelos, y su madre murió en el alumbramiento. Vivían felices en una pequeña aldea, con su padre y la abuela que cuidaba primorosamente de ellos.

Pero un día se convirtieron en mozalbetes. La abuela ya no andaba bien de salud, y el padre los convocó para hablar de esas cosas que los mayores suelen decir cuando la pubertad queda atrás. Los hermanos Luna tenían que abandonar el hogar y labrarse un futuro. La abuela, con lágrimas en los ojos, se despidió de ellos. Pero antes de partir, les dio un pequeño frasco a cada uno, con una cinta para colgar del cuello. El contenido era un líquido transparente.

—Este frasco debéis llevarlo siempre con vosotros —les dijo—. Cuando alguno de los dos esté en peligro, el agua se pondrá turbia, y eso querrá decir que debéis acudir en busca del otro para prestarle ayuda.

Así, con los buenos consejos del padre y la abuela, emprendieron juntos el camino. Llevaban varios días caminando cuando llegaron a una bifurcación. El sendero se abría en dos, y decidieron separarse. Cada uno debía buscar su propio destino, y así lo hicieron. Se abrazaron y se desearon buena suerte.

El primero de los hermanos Luna llegó a una aldea y le llamó la atención lo solitario de sus calles. Se acercó a la plaza, donde una fuente de piedra derramaba agua por sus caños. Se aproximó para beber, y vio a una mujer con un cántaro. Ella lo llenó apresuradamente y se alejó. Luego entró en la cantina del pueblo, donde un grupo de hombres hablaba en voz baja y callaron de repente al verle entrar.

—¿Qué ocurrirá? ¡Cuánto misterio! —se decía.

En un rincón, un hombre mayor, de barba blanca, lo observaba y le hizo un gesto para que se acercara.

—¿Qué buscas, joven? En mal día llegas...

Y por boca del anciano, el hermano Luna se enteró de que era un día muy triste para el pueblo. Una serpiente con siete cabezas defendía la entrada de la aldea, pero a cambio, cada año le enviaban a una doncella que desaparecía entre sus fauces. Ese año le tocaba a la hija del rey. La aldea estaba casi de luto, pero el rey había prometido al valiente que fuese capaz de desafiar a la bestia la mano de su amada hija.

Nuestro joven héroe decidió que aquello debía terminar, y armado con una lanza, se dirigió a la guarida donde habitaba el monstruo. El corazón le latía acelerado a medida que se acercaba. Podía escuchar la respiración de la bestia. La lucha fue muy dura, pero su arrojo y su valor hicieron que su lanza hiriera de muerte al feroz animal, que se derrumbó haciendo retumbar toda la gruta con un desgarrador grito de dolor.

El joven arrancó cada una de las siete lenguas de las cabezas del monstruo y las envolvió en su pañuelo, con la intención de llevarlas al rey como prueba. Estaba tan cansado y extenuado por la lucha que decidió descansar un poco, y se quedó profundamente dormido.

Cuando despertó, emprendió camino al palacio del rey, y al llegar descubrió, para su sorpresa, que los aldeanos, con gran júbilo, celebraban un banquete. El rey estaba ofreciendo la mano de su hija al vencedor del monstruo. Una mujer relataba con alegría cómo un pastor, que había pasado con su rebaño cerca de la guarida, había vencido a la bestia y traído al rey las siete cabezas.

—¡Abrid paso! ¡Ese hombre es un impostor! —exclamó el muchacho—. ¡Tengo que ver al rey!

Se hizo el silencio. El joven avanzó y pidió a Su Majestad que mirara las cabezas de la serpiente, y comprobaría que les faltaban las lenguas; lenguas que él llevaba en su pañuelo. Así quedó demostrado que él había sido el primero en acabar con el monstruo, y que el pastor se había limitado a cortar las cabezas. La boda se celebró, y como era de esperar, el esposo fue el hermano Luna.

Los esposos, felices, se asomaron al balcón de su alcoba y desde allí contemplaron los extensos campos que se perdían en el horizonte y formaban parte del reino. El joven se interesó por un castillo que se divisaba en la lejanía.

—Ese es el Castillo de Irás y No Volverás —respondió la princesa—. Nadie que fue allí regresó.

Como podéis imaginar, la curiosidad pudo con el primer hermano Luna y, por la mañana, sin decir palabra, tomó un caballo y su lanza y se dirigió al castillo. Llegó casi entrada la noche, lo cual hacía el lugar más siniestro. Levantó la aldaba y la hizo sonar varias veces. Una anciana salió a recibirle y le invitó a entrar amablemente, pues la noche se avecinaba fría y lluviosa. Pero antes de entrar, arrancó dos de sus cabellos blancos y le pidió que con ellos atara al caballo y la lanza. Así lo hizo, pensando:

—Bah, cosas de vieja... Un cabello para amarrar un caballo, ¿dónde se ha visto esto?

La anciana le invitó a sentarse junto al fuego y le pidió algo que sorprendió mucho a nuestro hermano Luna: un pulso, para medir sus fuerzas. Intentó disuadirla. La veía tan mayor y tan desvalida... Pero ella insistió tanto que accedió.

A medida que iban tensando sus manos, vio cómo la vieja ganaba en fuerza y se transformaba: era una bruja fea y poderosa, de una fuerza increíble, que lo redujo e inmovilizó. Una garra le apretaba la garganta, casi impidiéndole respirar. En vano intentó llamar al caballo, pues los cabellos de la bruja se habían vuelto cadenas.

El segundo hermano Luna vio enturbiarse su colgante e inmediatamente se puso en camino. Tardó varios días en llegar a la aldea, donde los súbditos le reconocieron como esposo de la princesa y le acompañaron a las estancias reales. La princesa se arrojó a sus brazos y, llorosa, le preguntó dónde había estado esos días. Se repitió la misma escena: los dos esposos en el mirador de la alcoba, y el segundo hermano Luna preguntando por aquel castillo lejano.

—¡Ay, marido, qué frágil de memoria eres! Te dije hace unos días que ese es el Castillo de Irás y No Volverás, y ni se te ocurra ir por allí, porque lo habita una vieja bruja, y nadie ha regresado.

No obstante, el segundo hermano Luna se dirigió al castillo y llegó a la puerta. La vieja le recibió de la misma manera: le ofreció dos de sus largos cabellos para atar el caballo y la lanza. Pero él no obedeció. Al darse la vuelta, la anciana sopló los cabellos al viento. De igual forma se sentaron al fuego, y también le pidió medir sus fuerzas. La vieja se transformó, y cuando intentó inmovilizarlo y casi le ahogaba con sus garras, él llamó con fuerza al caballo y a la lanza, que prestos acudieron.

Se deshizo de la vieja, pero no sin antes averiguar dónde se encontraba su hermano. Ambos hermanos se abrazaron y se contaron todo lo acontecido. Juntos regresaron al palacio, donde fueron vitoreados y festejados.

¡Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!

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