Santo Cristo del Ciruelo
Había un hortelano que tenía en su huerto un ciruelo. Pasaban los años y aquél árbol por mucho esmero que ponía nuestro amigo, nunca dió fruto y un buen día se secó. Para sacar algún provecho del tronco, decidió hacer un pesebre para su asno. Con un trozo que le sobró, para matar el rato, comenzó a tallar la figura de un Cristo. No muy satisfecho con su obra, la dejó olvidada en algún lugar en el campo sin darle la mayor importancia.
Alguien debió de encontrar la talla. Con el tiempo, se hablaba de la aparición milagrosa de un Santo Cristo en una pedanía cercana. Hasta le construyeron una pequeña ermita y todo, para rendirle culto y oración. Acertó a pasar por allí nuestro labriego y picado por la curiosidad entró en la ermita y se santiguó. Enseguida reconoció la pequeña estatuilla al acercarse al altar. Se quitó la boína de la cabeza con veneración, planto la rodilla en tierra y rezó la siguiente oración:
—¡En mi huerto te criaste, del pesebre de mi burro eres hermano carnal! ¡Santo Cristo del Ciruelo que el fruto jamás te ví, los milagros que tu hagas, que me los cuenten a mí!...
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