Marimantas y Caballeros embozados

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Eran otros tiempos. En muchos pueblos no habia televisión y la radio tampoco estaba presente en muchas casas. La gente se entretenía contando historias. Cuando llegaba el crepúsculo y la oscuridad se apoderaba de la calle —apenas habia alumbrado— las madres se asomaban a la puerta y desde el umbral llamaban a los niños incansables en sus juegos y correteos:

—!Venga, recogerse ya, que ya es hora, que vienen las marimantas!

En las noches de frío invierno, cuando ya oscurecía y la gente se reunían en sus casas al calor de los braseros de cisco, se contaban algunas de estas historias.

—¿Que son la marimantas, abuela? —preguntabamos los chiquillos.

—Uy hijo mío, mejor que no te encuentres con ninguna de ellas, suelen ir tapadas con sábanas blancas y algunas llevan luces en la cabeza. ¡Dan mucho susto!

Luego supe, cuando escuchaba hablar a los mayores entre ellos, que en realidad sí existian aquellos personajes. En aquellos tiempos la honra de una mujer era algo muy de guardar, pero como la carne es débil, tambien existían historias de amoríos, infidelidades y noviazgos no deseados. Algunos hombres eran casados y para mantenerse en el anonimato, cuando se hacía noche cerrada, protegidos por la oscuridad y arropados por mantas o sábanas, se echaban a la calle en busca de la amante cómplice.

—Los sustos son mu' malos —decía mi abuela, y continuaba así su relato:

"Dicen que una mocita murió de un susto. Ya se sabe... la juventud, las ganas de pingoneo... Había tres amigas, que andaban ya en edad de mozear, Lucía, Constanza y Manuela, y ya se retardeaban. Así que el padre de una de ellas, el de Constanza, que es la que vivía mas arriba y siempre llegaba sóla, decidió darle un escarmiento. Y un anochecío se buscó una capa de las que usaban los hombres antiguos y un sombrero y se echó a la calle emboza'o para que no lo conocieran. Cuando las tres mocitas iban a casa, se dieron cuenta de que un hombre vestido todo de negro emboza'o en una capa iba detrás de ellas.

—Tú y Lucía os quedáis antes, en vuestras casas, pero yo tengo que coger sóla la calleja arriba.

—Yo te acompañaré, —dijo el hombre misterioso.

Las jovenes asustadas cuchicheaban entre ellas y aceleraban el paso. Manuela que vivía mas cerca se quedó en su casa. Lucía y Constanza continuaron.

Lucía decía en voz baja —Constanza, yo te acompañaría a tu casa, pero luego tengo que venirme sóla la calleja abajo… Y a mí también me da miedo.

Así en medio de la conversacion en voz baja, el hombre volvió a insistir.

—¡Yo te acompañaré!

Las jovenes caminaban cada vez mas de prisa, pero el hombre también aceleraba el paso. Y así Constanza, con el corazón en la boca, llegó a casa y se metió en la cama, sollozando. La madre acudió enseguida.

—Hija, ¿qué te pasa? Hija, ¿qué te pasa?

A Constanza no le salía la voz del cuerpo, pero entre sollozos dijo que un hombre emboza'o que parecía la propia muerte la siguió. Por mas explicaciones que dió el padre, que habia sido él el caballero embozado, la muchacha no entró en razones. Constanza no salió de la cama y murió días después.”

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