La familia de sordos
Eulogio caminaba esa mañana hacia el mercado, hacia la plaza de abastos. Llevaba puesta su boina, un pantalón negro de pana, su chaleco abotonado y sus zapatos también negros. Eso sí, bien lustrados. Unos zapatos limpios dicen mucho de la persona que los lleva. La pobreza no está reñida con la limpieza, solía decir Eulogio.
Llegando a la plaza de la Farola, se encontró con su casero y desde la acera de enfrente, con un gesto amable, éste le saludó sin más pretensiones —¡Con dios, Eulogio! ¡Con dios! —a lo que Eulogio frunciendo un poco el ceño, le respondió —¡Ya se te pagará hombre, ya se te pagará, que aprietas más que unos zapatos nuevos! —y prosiguió su camino.
De vuelta a casa encontró a su mujer haciendo la colada. Se retiró de la pila al verlo entrar, se secó las manos en el delantal y miró como su marido movía los labios. —¡Antonia, me he encontrado con el Isidro, el casero, y me ha dicho que a ver cuando le voy a pagar la renta de la casa. Y le he dicho que ya se le pagará. Antonia le respondió —! Pues hijo, haber echado un kilito si eran buenos, que no tienes ninguna ocurrencia!
Entró Antonia en el interior de la casa, por el amplio zaguán, y se encontró con Adelina, la hija, que estaba en esa edad del coqueteo y de la juventud. Se acababa de poner colorete y un poco de agua de rosas en el escote. —Mira hija, ¡tu padre! Dice que venia por la calle arriba el pescadero, con una cesta de peces fresquitos, y no ha sido para echar un kilito por lo menos, con eso y unos tomatillos fritos, hubiésemos resuelto el almuerzo. ¡Estos hombres, desde luego no tienen alcance ninguno!— Adelina respondió —a ver madre, pues si es de buena familia, dígale que haga por verme.
Adelina corrió a buscar a su hermano, que estaba cepillando sus botas de militar en el patio —¡Mauricio! ¡Mauricio! ¡Mira lo que me ha dicho madre! Que hay un mozo del pueblo que me pretende, y yo le he dicho que si es de buena familia, que haga por verme! —Mauricio miró a la hermana, y contestó —ya ves, el último fin de semana el sargento me negó el permiso por llevar las botas sucias!
Así andamos de sordos, como esta familia, ensimismados en nuestros asuntos oyendo solo aquello que queremos oír.
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