Currito Piri pi pi pio

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Las vacaciones estivales, cuando venían al pueblo mis tíos y mis primas Emi y Dolo, eran todo un acontecimiento. Esperaba esos días ansioso, porque se rompía la rutina y las risas estaban garantizadas, sobre todo con Dolo, que era ocurrente, traviesa y divertida.

En esta ocasión, llegó la familia… y uno más: Currito. No, no piensen que era otro primito, no. Currito era una mascota. No un perrito, ni un gatito, sino... ¡un pollito!

Los pollitos, cuando son pequeños, son una monería. Son como pequeñas bolitas amarillas que, por impronta —ese fenómeno biológico que se observa en las aves nidífugas, que al nacer siguen al primer objeto que ven—, en este caso seguían los pies de mis primas.

Bueno, pues Currito ya estaba crecidito y era un pollo desgarbado. Para mí, que había tenido alguno, ya había perdido su encanto. Pero para ellas, niñas de ciudad, era su mascota, y le tenían ese cariño especial que se les tiene a los animales. Currito atendía a las llamadas de mis primas corriendo hacia ellas, contestando con su característico “¡Piri pi pi pío!”

La manera de expresarle cariño a Currito era alimentándolo bien. Currito comía su pienso, pero ese día, mientras mi tía del pueblo hervía macarrones para el almuerzo, se le cayó uno al suelo y Currito lo engulló. —¡Anda! —exclamó Dolo—. ¡Si le gustan los macarrones!

Así que, entre risas y alboroto, Currito se dio un banquete de macarrones hervidos. Y, como era de esperar… indigestión al canto. El pollo comenzó a dar arcadas, a desgañitarse, y se puso muy, pero que muy malito. Ya no era capaz de decir “¡Piri pi pi pío!” como solía.

—¡Ay! Que le ha dado una indigestión —decía mi tía Encarnación—. —¿A quién se le ocurre hartar al pollo de macarrones? ¡Este animalito lo que tiene es una bola en el estómago! Anda, Emi, da un salto y ve a la farmacia de don Guillermo y que te dé una botella de agua de Carabaña.

—¡Emi, nosotros vamos contigo! —dijo mi prima Inés. Y así, los tres —Emi, Inés y yo— nos dirigimos a la farmacia. Contábamos unos siete u ocho años. Inés y yo íbamos de la mano, cantando detrás de Emi:

—¡A los tontos de Carabaña se les engaña con una caña!

Y añadíamos entre risas: —¡Ahora hay que ponerle al pollo una lavativa! —¡Lavati, lavati, lavativa del culo, lavati, lavati, lavativa del culo!

Emi, que era un poco mayor, nos mandaba callar de vez en cuando. Dijo que le hicimos pasar mucha vergüenza.

Regresamos con la botella de agua de Carabaña. Con una cuchara pequeña, abriendo bien el pico del pollo, mi tía le dio su primera dosis del elixir. Pero Currito, lejos de mejorar, comenzó a perder fuerza vital.

A mi tía del pueblo siempre le hubiera gustado ejercer de enfermera. Tenía buenas cualidades. De hecho, don Felipe, el médico del pueblo, propuso a mi abuela llevarla a Madrid para formarse, pero como siempre… la economía manda.

Entonces se le ocurrió una idea brillante: tal vez la solución pasaba por operar a Currito. Una precisa incisión para llegar a su estómago y liberarlo del bolo digestivo que le estaba perjudicando. Contaba con cierto conocimiento: no era la primera vez que veía de cerca la anatomía de un pollo; cuando troceaba alguno para cocinar, sabía exactamente dónde estaban las mollejas.

No había tiempo que perder: algodón, agua oxigenada, alcohol, tijeras, cuchillo, aguja, hilo, dedal… lo tenía todo. Faltaba la cofia. Una enfermera que se precie necesita una cofia. Buscó en un cajón de la mesa y encontró una gran servilleta de cuadros rojos y blancos. Se la anudó a la cabeza a modo de pañoleta y se dispuso, con gran destreza, a practicar la incisión en el buche abultado del ave.

No tardó mucho en sacar el bolo. Mientras tanto, mi tía de Madrid y las niñas no paraban de gemir y lloriquear, mientras la "cirujana" suturaba con aguja y dedal. Mi tía contenía la risa. —¡Currito, no te mueras! —decía Emi. Y el pollito apenas podía contestar con su habitual “¡Piri pi pi pío…”

—¡Ay, qué penita! —decía mi tía Encarnación.

En eso llegó mi abuela, una mujer de mucho carácter. Al contemplar la escena, no tuvo otra ocurrencia que soltar:

—¿Pero esto qué es, un velorio o qué? ¿No os parece una exageración la que estáis liando por un pollo? ¡Como agarre, me voy a poner a soltar sopapos empezando por la más grande y acabando por la más chica!

Ni os cuento lo del velorio. Currito tuvo como féretro una bonita caja de zapatos, bien decorada, con esquelas y hasta flores.

Mi abuela, con sus ademanes, sentenciaba: —¡Vaya pollo más desaprovechao!

La historia de Currito fue un hito. Aún ahora, cuando nos reunimos los miembros de la familia que quedamos, rememoramos entre risas y con ternura esta pequeña historia que marcó nuestras vidas ese verano.

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