Gregorio

chals

Sucedió en el pueblo, en ese Bar entrañable "La Choza", regentado por mi tío Andrés y mi tía Emilia. Yo en los veranos, cuando terminaban las clases, me iba a echar una mano. Mi tía cocinaba bien. No había mucha variedad de tapas, pero las cuatro cosas que preparaba eran del agrado de toda la clientela. Los riñones al Jerez (sin Jerez), los callos de cerdo, los montaditos de lomo, las berenjenas en escabeche, los boquerones en vinagre y en la feria las celebradas tapas de peladilla (cerditos pequeños en adobo y troceados).

Mi tío Andrés era muy corpulento, y todos sus hermanos por el estilo, de buen comer y mejor beber. Gregorio era uno de los hermanos de mi tío Andrés, también corpulento, poco pelo. Su cara me parecía simpática; me recordaba al monstruo de las galletas de Barrio Sésamo. Una noche calurosa del verano llegó. Yo estaba detrás de la barra, y me pidió que le sirviera un tanque de vino de la casa. Él no era de los que se conformaba con un chato, no, él quería un tanque, que eran los vasos de caña en los que se servía la cerveza. Solíamos guardar en la nevera algunas botellas para los clientes selectos, como en este caso. Yo rebusqué y saqué una botella de esas que llevan el tapón de cerámica, con su goma y su clip metálico que la mantenían cerrada herméticamente. La destapé y le serví su tanque de vino blanco y le puse un pinchito, pues siempre se solía acompañar la bebida con un pincho de tortilla, calabacín frito o boquerón frito. En este caso tocó de boquerón en vinagre. Gregorio no era de los que probaba el vino y lo paladeaba poco a poco No, él era de los que se echaba a bruces el trago, y así lo hizo. De repente se me quedó mirando fijamente, con sus ojos rojos y saltones, con sendos lagrimones. Yo no acertaba a adivinar qué quería, pues tanto Gregorio como mi tío no eran hombres de muchas palabras. Mi tía Emilia, que estaba por allí y había observado toda la escena, se acercó, cogió el vaso y se lo llevó a la nariz. —Carlos, ¿de donde has cogido la botella? —Del frigorífico,—contesté. —¡Pues, es el vinagre que he traído para los boquerones y que llevo ya buen rato buscando, pensando que me lo había dejado en casa! —¡Tía, no me digas que le he servido un vaso de vinagre a Gregorio! Gregorio no articulaba palabra, mi tía esbozó una mueca, con la risa contenida, pero yo no pude evitar una sonora carcajada, solo con mirar la cara de Gregorio, mirándome con sus ojos saltones, y los dos lagrimones saliendo de sus ojos. Era buen motivo ya para reír. Mi tía comenzó a quitar importancia al asunto, diciendo que como las botellas eran iguales, el vinagre de borras, que dicho sea de paso es un vinagre fuerte, se parecía tanto al vino blanco, y ya para colmo con el pinchito de boquerón en vinagre… Yo no podía evitar la risa, y de repente, Gregorio, me miró fijamente y, como era tan brutísimo, me dijo —¡Muchacho! ¿te vas a reír? ¡Si salto la barra te arranco la cabeza! Estallamos todos en carcajadas, luego le compensamos con otro vaso de vino fresquito y un pinchito de tortilla.

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