¡Agárrate la escalera y vamos calle arriba!
—La vida nunca ha sido fácil —diría hoy mi padre. Y seguro que me contaría una historia, como ésta que ahora me viene a la memoria, donde se pone de manifiesto. Que la agudeza de los sentidos y la puesta en marcha de la imaginación equiparable a las modernas técnicas de marketing no es una cosa de ahora.
El trabajo escaseaba. Mi padre trabajaba como maestro de albañil y solía ir acompañado de su peón. Cuando llevaban una obra, estaba contento y tranquilo por un tiempo y llevaba a casa el jornal. Pero cuando terminaba y el contratista no tenia nada a la vista, pues iban a buscar trabajo, para llevar a casa el sustento.
Se reunían por la mañana muy temprano en la plaza de abastos. Allí había una tasquilla, y tomando un café o una copa de aguardiente, esperaban a que llegaran los patrones. Aquellos llegaban y elegían a dedo, muchos de ellos con bastante prepotencia, a los hombres que necesitaban para sus tareas. A veces no eran los mas habilidosos y trabajadores, pero sí los mas diplomáticos y aduladores.
Mi padre, Aureliano se llamó, era muy independiente. Tenía mucho amor propio y detestaba esta forma de buscar trabajo, pues por entonces no existían las oficinas de empleo. Y aquél día tuvo una brillante idea. —¡Manuel, vente conmigo, que hoy no nos faltara tarea! —dijo a su peón. —Agarrate esa escalera, y vamos a por unos kilos de cal. —Agarró un cubo de Zinc y puso unas piedras de cal en agua. Manuel observaba como hervía el cubo, hasta que se formó una pasta blanca y densa, preguntándose qué seguiría detrás. Aureliano tocó con un dedo el cubo y observó la cal ya estaba apagada pero el cubo aún estaba caliente. Fumaron un cigarro tranquilamente mientras esperaban que bajara la temperatura.
—Mira, llega el buen tiempo, Manuel, y tú sabes que aquí las beatas quieren tener sus fachadas bien pintadas y relimpias, para cuando pase la virgen. —Así que agarró una brocha y salpicó con ella su ropa de faena, y pidió a Manuel que hiciera lo mismo. Tomaron la escalera, los cubos y las brochas y fueron calle abajo.
Nada mas salir, encontraron la primera candidata. —¿José, dónde vas tan de prisa? —Pues mira, que vamos a pintar una fachada aquí en la calle Del Calvario que tenemos aviso y vamos a ver si terminamos antes de que nos coja el sol de plano. —¡Ay! Pues a la mia que faltita le hace, que está toda llena de verdina de los canales del chorreo de todo el invierno. ¿No te importa cuando acabes de pasarte por aquí y si puedes le das un repasito al tejado que tiene algunas tejas movidas? —Qué va, mujer! ¡Enseguida terminamos y ya estamos aquí!
Y así fue que pintaron casi toda la calle, porque las vecinas no podían soportar que la casa de al lado fuese mas blanca que la suya. Y así con imaginación y destreza salieron adelante en esta ocasión.
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