El extraño retrato
La casa tenía una cuadra con su pesebre, una estercolera y un pozo. El pozo no era de manantial sino se llenaba con las aguas de lluvia que en invierno caían de las canales del los tejados. Y como en el pueblo había escasez de agua, mi madre aprovechaba y se llevaba algunos cubos para uso domestico. En cierta ocasión cayó el cubo al pozo, y para mí fue un acontecimiento ver como lo rescataban con un rezón.
En el salón no había muchos muebles: un sofá de madera con su colchoncito de paja, una mecedora, una mesa de camilla y algunas sillas. El cuadro de la ultima cena de Leonardo Da Vinci presidiendo la pared central, como toda casa que se preciara. Era un icono que no faltaba en ningún hogar. En esta ocasión el cuadro era en relieve. Los apóstoles en sus movimientos que representan las pasiones sobresalían del cuadro. Un retrato enmarcado de tamaño considerable decoraba la pared lateral.
La casa era de unos vecinos en el pueblo que vivían dos casas más arriba de la mía pero que pasaban la mayor parte del tiempo en el campo. Tenían vacas y la madre, María Josefa "La Jabana", por las mañanas repartía la leche. María Josefa tenía dos hijos – uno de los hijos llegó del anterior matrimonio de su marido viudo – y una hija, Sagrarito, con la que yo hacía muy buenas migas. Sagrarito estaba ya en edad de mocear, como se dice en el pueblo, de salir al paseo de Santa Ana y relacionarse, y es por lo que pasaba algunos días en el pueblo.
Recuerdo a Sagrarito... delgada, piel muy morena, el pelo de color caoba, y una forma de hablar – y sobre todo de escuchar – muy agradable. Ella solía dar una vuelta a la casa, limpiaba. Los sábados por la mañana quedaba con su amiga Juani para ir a misa de doce y tomar luego un Vermut.
Cuando venía al pueblo era una celebración. Me venía a buscar y pasábamos largos ratos juntos mientras ella me contaba historias. A ella le gustaba mi compañía porque yo era bastante risueño y parlanchín. Me gustaba ayudarle mientras ella limpiaba. Yo quitaba el polvo a las sillas con un trapo y regaba las macetas de aspidistras y de aureolas.
El retrato en el salón representaba el busto de una mujer de mediana edad, vestida de negro. Yo con mi corta edad, notaba en ese rostro una expresión extraña. Me acostumbré a ver aquel retrato allí y no se me ocurrió preguntar quién era, cosa rara en mi, Pero en cierta ocasión, unos cinco o seis años contaba, hablé en casa de aquel cuadro y de la impresión que me daba.
Mi madre me dijo que esa mujer era la madre de María Josefa, y que murió joven, sin esperarlo. No tenían ninguna foto de recuerdo y quisieron hacer una ya después de su muerte. Así que llamaron al fotógrafo, incorporaron al cadáver en la cama, colocándole unos almohadones detrás, y le hicieron aquél retrato. Obviamente, la mujer tenía los ojos cerrados y el rigor post mortem en su rostro, pero los fotógrafos de antes retocaban las fotografías y así, con algunos retoques, consiguieron abrir los ojos de la fallecida.
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Qué susto te darías!!!!
Qué susto te darías!!!! Ver la foto de una muerta!!!
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