¡Y van calentitoooos!

chals

En el pueblo, una voz callejera espabilaba mi sueño matutino. Contaba yo con unos diez o doce años. Nunca me gustó madrugar, pero esa mañana, la curiosidad me picó y con los pies descalzos, me dirigí a la puerta y alcancé a abrir el postigo. —¡Y vaaan calentitoooos... y vaaan calentitoooos! —Una mujer vestida de luto, con el pelo recogido en un moño y delantal blanco impecable, portaba del asa una cesta de mimbre con dos tapaderas. Las vecinas de la calle se acercaban y a cambio de unas monedas que la mujer guardaba en el bolsillo de su delantal recibían un envoltorio de papel de estraza. —Mamá, ¿qué vende esta señora? —pregunté. Mi madre que tampoco adoraba madrugar, respondió desde la cama —Es la Sagrario, vende churros. Los hace en su casa muy temprano y luego los vende por la calle. —¡Ay, a mi me gustan los churros. Podíamos comprar! —y mi madre que era poco amiga de darme gusto en nada respondió —a mi también hijo, pero cuando están recién hechos.

Y así fue que tuve que esperar a otro díaa que mi padre andaba por casa para probar los churros de Sagrario. Se presentó con su envoltorio de papel y, con el café ya delante, nos dispusimos a comerlos. Pero estaban un poco fríos, así que había que mojarlos en el café bien caliente. Mi padre que tenía un buen sentido del humor dijo —yo creo que la mujer no nos llama a engaño, ella lo dice bien claro: —¡ibaaan calentitooos, ibaaan calentitooos! Que ya no van, jaja, iban calentitos, pero cuando los hizo, y no ahora, ¡jajaja! —y entre risas nos tomamos aquellos churros que a mi me supieron a gloria.

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