Rosalía
Eran las cuatro de la tarde, un sol de justicia, ni un vivo por la calle. —¿Quién iba haber? A la hora de la siesta, en este caluroso mes de agosto, solo algún loco que saliera a carear langostos.
A Rosalía la vieron ese día, como otros muchos días, bajar por la carretera del cementerio, más inquieta que de costumbre. En este caso y dado el mes estival no llevaba flores en la mano sino unos jaramagos secos ocupaban su regazo. De vez en cuando se paraba delante de alguno de los eucaliptos que jalonaban el camino, murmuraba en voz baja algo que parecía una extraña oración y acto seguido inclinaba una rodilla, se santiguaba y proseguía el camino a paso acelerado, para detenerse mas adelante y repetir el gesto. Alguien le preguntó adónde iba tan temprano.
—A-a-a visitar a-a las santas a-a-animas que voy.
En esta ocasión había sustituido la pañoleta de su cabeza por un cintillo, una especie de diadema de tela multicolor. Lo estrafalario de su vestimenta decía que algo no andaba bien. Para ella se había detenido el tiempo por alguna extraña razón. No se sabía con certeza la edad física que pudiera tener... ¿cuarenta y tres? ... ¿cincuenta y dos? Un verdadero enigma. Para ella el tiempo se había detenido a los doce años. Aun peinaba largas trenzas y vestía de falda plisada como las colegialas del convento de la Asunción. Solía repetir una frase sin venir a cuento.
—!La debilidad siempre es la misma, que como nadie lo sabe, que no como nadie lo sabe, pero la debilidad siempre es la misma!
Esa tarde pasó por el cementerio y vio la cancela cerrada. Atravesó la vía del tren sin paso a nivel, miró a un lado y al otro. Los raíles se dibujaban en el agreste suelo rodeado de pastizales secos; esas lineas paralelas que parecían tocarse en el infinito. Llegó a El Pilar, con su charca rodeada también de eucaliptos, con menos agua que de costumbre. El pozón con su brocal de piedra y el abrevadero con su fuente encalada y su chorro perenne. Alrededor del pilón un barrizal y las huellas del ganado. Sin duda un rebaño de ovejas sedientas pasó antes por allí.
Rosalía se acercó al pilón. Se sentó en el brocal, observando las persecuciones de los marrajos y mirando el movimiento ondulatorio de alguna que otra sanguijuela bajo las verdosas algas. Recompuso su regazo y lentamente se levantó. Balanceando su cuerpo y con paso lento se dirigió al pozón con su brocal de piedras careadas. Se asomó temerosa; siempre sentía el impulso de asomarse a esas aguas tan negras. Se decía en el pueblo que a veces una mujer te llamaba y el agua te clamaba.
Rosalía se agacho y recogió un guijarro. Era pequeño, redondito, y lo acarició como si se tratara de una pequeña joya. Se acercó al brocal y lanzo la pequeña piedra, perturbando por momentos la tranquila superficie del agua. Este evento le divertía y así se agachó de nuevo y lanzo otro guijarro, esta vez mas grande. Las ondas se expandían lentamente y producían un sonido agradable al chocar con las paredes de piedra. Rosalía se quedo mirando un rato las extrañas figuras y los reflejos de luz. La superficie del agua se calmó y vio reflejada su propia imagen, pero aquella imagen que el agua le devolvía no se parecía en nada a ella. Aquella no era la niña de trenzas de doce años. No... era una mujer mas madura y con el rostro transfigurado por una profunda pena.
—Madre... madre... Aquella mujer le tendía las manos y Rosalía se fundió en un cálido abrazo con ella. Los vecinos dormían plácidamente su siesta, mientras Rosalía se mecía en las negras aguas del pozo.
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