Un día ideal para hacer picón
Me despertó una aroma a café recién hecho y a rebanadas de pan frito. Era de mi padre; hoy domingo no tenía que trabajar y él había preparado el desayuno. Así que eso significaba que iríamos de campo. ¡Cómo me gustaba escuchar a padre en la cocina! Relataba con mi madre, pero al final siempre se entendían. Las salidas al campo, como he dicho antes, solían ser productivas. Siempre se miraba mucho por la economía doméstica y en esta ocasión me dijo mi padre– ¡Hoy vas a venir conmigo a hacer picón! El picón se usaba para encender los braseros en invierno. Se ponía una buena base de carbón, y luego se cubría con picón, que era una especie de carbón muy menudo, hecho de ramas de encina, jara, olivo o pino. Yo estaba entusiasmado, así que me terminé rápidamente mi tazón de café con leche y mi rebanada de pan frito. En esta ocasión padre llevaba su bicicleta. Los sacos de picón pesaban, y era una tontería cargarlos a cuesta. Tomamos por el Camino de la Zarza y rebasamos el pozo del mismo nombre. Tenía un brocal bajito, hecho de piedras muy gordas sin labrar, dispuestas en forma circular. Las piedras no estaban unidas por ningún tipo de argamasa, y esto le daba un aspecto muy pintoresco. Hoy en día lo han reconstruido y para mí ha perdido todo su encanto. Siempre me gustaba asomarme y tirar alguna piedrecilla al fondo, para escuchar el ruido y ver ondear el agua. Entre las paredes del pozo, también de piedra, crecía la zarza. Imagino que de allí le vendría el nombre de Pozo de la Zarza. Desde allí se podía ver a un lado el cementerio, al otro lado la sierra y al fondo el camino que continuaba, delimitado por bancales de piedra. –Si seguimos este camino adelante, llegaremos a la finca de la Verilleja –decía mi padre. –Antes de llegar encontraremos una fuente. Está bien escondida; es fácil pasar por su lado sin verla. Es la fuente de La Rana. Su agua es muy fina: se puede beber pero a nosotros nos servirá para hacer el picón. Gran parte de la mañana la dedicamos a recolectar ramas de jara y de olivo para hacer un montículo, al que mi padre prendió fuego. Me dijo no debería arder del todo sino se quemaba completamente y no servía. Así que una vez encendido el fuego, lo tapamos con tierra para que no se llevara a cabo la combustión completa. De vez en cuando se regaba con agua y así conseguimos un material fino, negro y quebradizo. Había que esperar a que se enfriase para cargar los sacos y en ese compás de espera, mi padre, que tenía un amplio repertorio, me contó otra de sus historias. –Era yo muy joven, casi un niño, doce años tendría yo. Paseaba yo al cuidado de las ovejas, por ese camino que ves allí. –Señaló un camino que bordeaba las vías del tren y pasaba junto al cementerio. –Vi a lo lejos un grupo de hombres, que estaban cavando una zanja al lado de una de las tapias del cementerio y me fui acercando, pero mi instinto decía que no debía acercarme demasiado ni dejarme ver. Otro grupo de hombres con uniforme observaban, de cerca vi que llevaban cargados fusiles en sus hombros. De repente una voz hizo que todos se detuvieran en la tarea que estaban haciendo. Yo me asusté y me escondí tras unos matojos, casi contuve la respiración. A otra voz de mando, los hombres que habían cavado la fosa se alinearon junto a la tapia del cementerio. No se escuchaba nada, todo silencio, ni siquiera los pájaros se atrevían a moverse y menos yo. Los otros hombres que eran una minoría descargaron del hombro los fusiles, se dispusieron también en fila, delante de ellos y apuntaron hacia el grupo. Se escuchó un ruido ensordecedor, una ráfaga de metralla. Pude ver como caían en el foso que ellos mismos habían cavado unas horas antes. Luego fueron tapados con la tierra de los bordes y allí quedaron. Aquella imagen, aquella escena, me acompañaría durante mucho tiempo, toda la vida. En casa me decían que no debía contar a nadie lo que había visto.
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