Ya habían pasado casi dos meses desde que Ernesto...
Ya habían pasado casi dos meses desde que Ernesto terminó la relación con Guillermo. La separación fue decisión unilateral de Ernesto. Quería bastante a Guillermo, pero no veía que tuviesen mucho en común, al menos no para seguir en una relación larga. No era por celos, pero siempre tenía la sensación de que Guillermo tenía otras prioridades y a pesar de tener novio, pasaba mucho tiempo sólo en casa, esperando a Guillermo que muchas veces al final ni aparecía.
Guillermo a su vez estaba convencido de que sí tenían mucho en común y que podrían ser una pareja ideal. Pero sabía que no tenía sentido luchar por la relación y aceptó la decisión de Ernesto.
—!Qué le vamos a hacer!—dijo.
Después de la separación no tenían más contacto que por el chat. Como si no hubiera pasado nada, Guillermo seguía mandando corazonitos y besitos y a veces escribía que todavía quería mucho a Ernesto, algo que cuando eran novios casi nunca le había dicho y menos en persona. Por un lado Ernesto valoraba mucho la afectividad de Guillermo, pero por otro lado quería mantener una distancia de seguridad, sobre todo para evitar falsas esperanzas. Al final quedaron una vez, con una excusa muy práctica: Guillermo tenía problemas con su ordenador que Ernesto seguramente podía solucionar.
La visita fue muy incomoda. Ernesto se acercó a casa de Guillermo y aunque todavía tenía las llaves del piso, no querría usarlas y llamo al timbre. Guillermo acababa de tomar una ducha y andaba en calzoncillos por su casa, lo cual le daba incluso vergüenza ajena a Ernesto. Guillermo hablaba muchísimo, sobre cosas poco importantes. Esto significaba que no quería hablar de asuntos más profundos; era su manera de callarse. A Ernesto le daba lástima, porque le habría gustado saber cómo se sentía ahora. Pero sabía que no era el momento y que ese momento probablemente nunca llegaría.
Cuando Ernesto estaba a punto de irse, Guillermo sacó una bolsa de plastico del armario del pasillo y sin abrirla se la dió.
—Toma, esto es para tí.
Ernesto abrió la bolsa y sacó lo que le pareció una maceta. Pero en el fondo de la maceta había un agujero grande y en la bolsa encontró un cable electrico con un portalámparas.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—¿No lo ves? Es una pantalla de lámpara. La he hecho para tí.
Ernesto dió la vuelta a la maceta y la sostuvo por un dedo encima de la cabeza de Guillermo.
—Aja, si, ahora lo veo —dijo. —Qué-eee... artística.
Aunque Ernesto veía sobre todo manchas de esmalte y poca belleza en la creación de su ex, el artista estaba bastante orgulloso de su obra y le explicó todos los detalles que se podían descubrir.
—Mira, aquí he aplicado una técnica especial para mezclar los colores del esmalte... y aquí lleva mi firma que está en relieve, se puede sentir con el dedo.
—Aaah, sí, —confirmó Ernesto después de tocar el esmalte.
—Y aquí dentro he escrito unas palabras, pero no se vé muy bien.
—Pues, no, no veo nada.
—Léelo cuando haya más luz —dijo Guilermo y, como si de repente le diese vergüenza, devolvió la pantalla a la bolsa de plástico.
—Vale. Bueno, me marcho —respondió Ernesto.
—Nos vemos cuándo quieras, ¿vale?
—Vale, ¡nos vemos!
Por un lado le daba curiosidad por saber qué había escrito Guillermo en el interior de la lámpara, pero no la sacó de la bolsa hasta que llegó a casa. Allí la contempló con una mirada de desaprobación.
—Por diós —pensó. —¿Qué voy a hacer con esto? ¿Dónde la guardo? O ¿dónde la cuelgo?
En su terraza, con la última luz de la tarde, pudo descifrar las palabras que la pantalla llevaba escondidas:
—Estés dónde estés, nunca te olvidaré. Guillermo.—
Más que lo que quiso reconocer se encontró con un nudo en la garganta. No pensaba que unas palabras tan sencillas podían haberlo conmovido tanto.
La lámpara llevaba varias semanas dándo vueltas por la casa de Ernesto. Era demasiado fea para ponerla muy a la vista, pero tampoco quería esconderla, porque era algo tan personal. Al final decidió colgarla en un rincón de la terraza, debajo del toldo. No conectó el cable, por lo cual simplemente servía como adorno.
Un buen día estaba sentado en la terraza, contemplando la lámpara.
—Qué rara, — pensó —una tulipa de cerámica, de barro cocido. Es totalmente opaca. No se verá la luz a no ser que te pongas debajo de ella.
Y otra vez juzgó —¡qué cosa más fea!
Pero le tenía cariño por lo que llevaba dentro: aquellas palabras casi ilegibles.
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