Erán las once de la noche, pero en el...
Erán las once de la noche, pero en el pueblo todavía hacía más de treinta y cinco grados. Era una de las noches más calurosas del año; tal noche en que la calor te impide dormir hasta las dos o las tres de la madrugada.
Guillermo salió de su piso, la escalerilla de aluminio en una mano y el cable de electricidad en la otra. Su camisa de cuadros estaba empapada de sudor, tenía su pelo despeinado y los ojos grandes y rojos.
Mientras él luchaba con la puerta con cierre automático, su vieja perra lo seguía a menos de un metro. Los dos eran casi inseparables; la perra era la única criatura que le amaba sin condiciones, que jamás pedía explicaciones y le estaba fiel ya durante más de diecisiete años.
Puso la escalerilla debajo de la rama más baja del árbol que estaba al lado del bloque de pisos. El árbol era un ficus enorme de por lo menos cien años de edad, cuyas hojas daban sombra a una gran parte de la plaza. Guillermo subió la escalera, todavía con el cable eléctrico en la mano derecha. Cuando se puso de puntillas alcanzó suficientemente alto para amarrar el cable alrededor de la rama gorda.
Cuando terminó se bajó de la escalarilla para comprobar el resultado de sus esfuerzos. Todo el tiempo la perra se quedaba quieta, sentada al lado de la escalerilla. No pidió que Guillermo le explicase qué estaba haciendo.
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